Claro que podemos ser amigas,
pero de esas con derechos.
Por ejemplo,
tienes derecho a permanecer en silencio
mientras te leo
como lo hacen los ciegos,
a reír cuando te cuente
todo lo que te haría cada noche
antes
durante
y después de la cena,
y a levantarte despeinada
pero siempre a mi lado
-sobre todo los domingos
de no hacer nada más que buscarnos
y encontrarnos-.
Tienes derecho a contestarme
con todo el mal humor del mundo
cuando te diga esas cosas que finges odiar
-las sábanas me confiesan
que realmente te gustan más
que cualquier poema-
y tienes derecho a pedirme lo imposible,
lo más loco que se te ocurra,
lo más egoísta,
lo que quieras
menos que seamos amigas.
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